Entre carnavales quedamos / Editorial

Tradiciones y costumbres son los pilares más consistentes de una sociedad que se precia de conservar su identidad, propósito muy difícil de sostener en estos años de posmodernidad que conducen al género humano hacia un mundo carente de afinidad y empatía. Las tradiciones y costumbres de los pueblos marcan la diferencia. Las festividades populares protegen la identidad de los grupos humanos. La protección y defensa de la identidad hace únicos a los individuos, a las familias y a los pueblos, porque bajo esta premisa universal no hay competiciones fútiles sino desafíos compartidos. A diferencia del rito y del culto, estas muestras populares acercan a los individuos, hermanan a las comunidades de otras partes del orbe. El carnaval es una fiesta tradicional en que las diferencias son desdeñadas por ir en contra de la esencia misma de la celebración que inscribe la igualdad entre todos los participantes: los reyes regalan alegría y conviven con el pueblo, la riqueza es ridiculizada por el pobre y viceversa, géneros y estratos sociales están desdibujados en un ambiente de camaradería y bullicio. El Carnaval de Campeche posee la virtud de crear un ambiente particular y colectivo de familiaridad y amistad. Facilita un estado de la conciencia en que la convivencia con el otro, al aire libre y libre de prejuicios, hermana alegre, positiva y hasta prometedoramente a unos con otros. Al abundar la risa y escasear la inhibición, temporalmente, la vida se torna más liviana, más amable y, curiosamente, más humana. Vaya en esta entrega una franca felicitación del Grupo Editorial Comunica a Ramón Ganso Santini y Sofía Revilla Maury, reyes del Carnaval de Campeche 2015, por la alegría, el trabajo y el empeño que pusieron para que nuestras fiestas carnestolendas sigan siendo bulliciosas, bonitas, gozosas y muy familiares.

Aunque la celebración carnestolenda no se da en todas las poblaciones de México, existe ese otro carnaval que, si bien varía el calendario entre las entidades federativas, se da por ley constitucional, cada tres años, en toda la geografía mexicana: el carnaval electoral. El paseo del Sábado de Bando, el evento más multitudinario del carnaval campechano, es marco propicio para la sátira política; sin embargo ninguno de los partidos de la contienda electoral aprovechó la ocasión, el espacio idóneo y propicio para la crítica partidista sin quebrantar las normas que la restringen. Apenas el panismo participó en el Bando “regalando pan” sin aspavientos ni arengas politizantes, mientras el priísmo envalentonado retó al Martes de Pintadera, último día del carnaval, para el registro de sus candidatos a diputados locales. Un universo de por medio marca la diferencia entre los eventos de carnaval de aquel, breve y ya finalizado, y este otro extenso y en plena carrera carnavalesca. Ambos pregonan ritmo, algarabía y colorido; pero la bonhomía honesta y sin rubores de aquel contrasta con el gesto artificioso de este electoral que se percibe, desde ya, lejos de la camaradería, el respeto y la cordialidad entre los participantes; sean candidatos, afiliados o simpatizantes.

Los derroteros por donde transita la mojiganga electoral son de tendencia global. Espacios, comportamientos y actos se realizan de igual manera en las llamadas civilizaciones modernas que se precian de realizar elecciones de gobierno; unas con más dinero que otras entran al desenfreno carnavalesco de la carrera electoral. Hoy por hoy, los partidos políticos en 17 estados del país mueven a sus alfiles comparseros en un ambiente donde reinan las intrigas, la desazón, el desconcierto, la transa. Todo cabe; candidatos, hombres y mujeres, en que unas sólo sirven de comparsa, y lo saben; otros están ahí únicamente para dividir o debilitar a algún partido, y lo saben; también están los “vivales” que le sirven a la élite partidista pero también se sirven a sí mismos y nadie de ellos al pueblo, y lo saben; lo sabemos nosotros también pero no nos bajamos del carro alegórico. A diferencia de la  mascarada alegre y temporal de la fiesta carnestolenda y tradicional, la bufonada del carnaval electoral es permanente; se queda en el ambiente sin disolverse.