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Yo tengo estos datos / Aída Alcalá Campos*

Una correspondencia entre dos regímenes que aún viven México y los mexicanos.


EXCLUSIVA COMUNICA (Octubre 2019).- El amor por el poder y la ley del poder se conjugan, van de la mano de quien yo denomino “su alteza exaltadísima”. Su fama trasciende el tiempo de dos siglos aunque el espacio que verdaderamente lo conoce se concentre en la mitad del territorio mexicano. Lo sabe y por eso anda en insistente campaña por lares del norte y repaso del sur.

Su vocabulario generacional se mantiene en su época juvenil sin, prácticamente, alguna variable. Lo entiendo, pasó demasiados años en las aulas de estudiante buscando una licenciatura que ningún compañero universitario atestigua (al menos no he sabido nada al respecto).

Sin embargo, a sus 66 años tiene en su haber 14 publicaciones acreditadas a su nombre. Ninguna he leído y yo misma podría decirme que no puedo criticar lo que no sé de cierto: si es de su propia pluma o de encargo diferido, lo que sería fácil de probar. Pero si él, que es el presidente de nuestro amado México, se atreve a abusar de la crítica cada mañanita, cuando se para en su palestra a hablar sin consideración ni reparo ejerciendo su mitomanía, yo también puedo, por instrucciones del mismo presidente, hacer lo mismo y criticar desde mi punto de vista.

Quiero comentar sobre López Obrador en su obra, “Neoporfirismo. Hoy como ayer” (2014), destaca el propósito del dictador: “Desde que tomó por la fuerza el poder, Porfirio Díaz llevaba en mente poseerlo por encima de todo y durante el mayor tiempo posible. Nunca pensó realmente en regenerar la república como sostuvo en el Plan de Tuxtepec, reformado en Palo Blanco con la promesa de la no reelección. Por el contrario, el proceso de construcción de su régimen unipersonal y autoritario fue cancelando la posibilidad de crear una república verdaderamente democrática y dejó como herencia una forma de hacer política que ha sido la causa principal de los males que más de un siglo después aún impide el progreso de México y la felicidad de su pueblo”.

Desmembrar este párrafo del libro en cuestión, cuya autoría se le concede al presidente de México, y medirlo con el actual régimen a uno le emociona por las proximidades en los propósitos de ambos personajes. Veamos

“Desde que (P. Díaz) tomó por la fuerza el poder …”<LO hizo lo mismo gracias a la tecnología de las masas provocando un rumor volcánico>,
“Porfirio Díaz llevaba en mente poseerlo por encima de todo y durante el mayor tiempo posible…” <Lo mismo que LO, y precisamente, debido al mismo rumor creado por su “marca” de campaña, se percibe fácilmente.
“Nunca pensó realmente (P. Díaz) en regenerar la república como sostuvo en el Plan de Tuxtepec, reformado en Palo Blanco con la promesa de la no reelección.  
LO sigue la misma línea, con la única diferencia de que en su capricho, que no tenacidad, él corrobora su intención. Y es baladí demostrarlo por tan claro que está su propósito; pero líneas adelante lo haré.

“Por el contrario, el proceso de construcción de su régimen unipersonal y autoritario fue cancelando la posibilidad de crear una república verdaderamente democrática y dejó como herencia una forma de hacer política que ha sido la causa principal de los males que más de un siglo después aún impiden el progreso de México y la felicidad de su pueblo”.
De ahí que el presidente se preocupa por hacernos felices a todos porque “todos”, como él tercamente señala, somos pueblo: los pobres, los marginados, los niños y niñas, las mujeres y hombres, los ricos, los millonarios, los fifís, los criminales, los narcotraficantes y sicarios, los corruptos de todos los colores, sabores, emblemas, y un escandalosamente largo etcétera.

Por supuesto que LO quiere perpetuarse en el poder. Su insistencia en la revocación de mandato lo confirma. Un primer intento lo vimos en la ampliación de mandato que quisieron imponer con la “Ley Bonilla” del gobierno entrante de Baja California los legisladores locales de Morena. La intentona no ha prosperado por rebasar la ley.

LO sabe muy bien que su capricho es, además de inconstitucional, corrupto. México no tiene esa figura jurídica y en absoluto es republicana; simplemente es un ardid de su permanente campaña electoral. El mismo, ante la afectación que el hecho implica a su gobierno,  declaró hoy 11 de octubre: “Yo no estoy involucrado en el asunto, es algo que me produce pena. Me da pena. Porque no debe estarse discutiendo sobre estos asuntos, hay que respetar lo que establece la Constitución, las leyes y lo que resuelvan las autoridades”.

La revocación o ampliación de mandato es inconstitucional porque no existe esa figura en nuestra Carta Magna, es por eso que el ejecutivo envió una iniciativa a la legislatura actual para ‘incorporar’ la figura de revocación de mandato en la Constitución. Aprobada por la Cámara de Diputados en la de Senadores está ya discutida. Hay que significar el mayoriteo de legisladores morenistas en el Congreso.

“Porque el pueblo da y el pueblo quita”, dice LO cada que tienen el micrófono -en verdad es encantador ver cuánto le emociona manejar sus frases maniqueas-; pero para que el pueblo pueda quitar a cualquier gobernante del país debe exigir a los legisladores un juicio político en su contra. Lo que, en efecto, como usted está pensando, no va a ocurrir porque en el Congreso de la Unión los legisladores de Morena tienen copadas ambas cámaras.

Es corrupta la conducta de LO porque está aplicando actos anticipados de campaña. De hecho, desde el momento de su arribo al poder –y desde antes, como presidente electo-, no ha parado de estar en campaña electoral. Observe tan solo sus discursos, el énfasis mayor de ellos es hablar de “los otros” y no de “nosotros”. Aún no entiendo por qué “los otros” partidos políticos no lo demandan ante el Tribunal Federal Electoral por este aberrante delito al abusar de su cargo presidencial en beneficio de sus intereses personales, ni siquiera partidista porque expresó públicamente que se va a salir del partido que él mismo fundó.

Tampoco es republicana la revocación que se empeña en conseguir porque, como dijo Javier Peña Echeverría, Profesor de filosofía Moral y Política de la Universidad de Valladolid, España, “La república es un modelo de sociedad política que no puede definirse sólo porque el jefe del Estado sea elegido. Esa es, a lo sumo, una condición necesaria, pero no suficiente. La idea de república se refiere normativamente a un modo característico de concebir la política, las instituciones y los valores políticos”.

¿Podemos reconocer a LO como un presidente republicano cuando no respeta los símbolos patrios? En la ceremonia del “Grito”, el pasado 15 de septiembre, la bandera nacional tuvo que esperar al presidente y no al contrario. Una falta de respeto a un símbolo mayor que el presidente. Una arrogancia presidencial producto de una buena carga de complejos que convierten al sujeto en un ser soberbio y despreciable que proclama su amor por la patria y sin ambages la desdeña. Ese es AMLO, el presidente de nuestro amado país.

*Aída Alcalá Campos, articulista de nuestro Grupo Editorial Comunica, ha sido catedrática de Literatura y fundadora de la cátedra Cervantes y su tiempo en la Facultad de Humanidades de la UAC; también impartió las materias de Sociolingüística y Lingüística General de la Escuela de Periodismo y Ciencias de la Comunicación del IC y ponente en diversos congresos nacionales e internacionales sobre estos temas?

JCAC

 

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